Hon dojo

Hon dojo

Vine a Japón con un objetivo, además del de participar en el 34vo WAGC: estudiar durante un mes en un dojo de go, un sueño que idealicé desde que empecé a estudiar el juego. De hecho, todas mis expectativas en clasificar para uno de los torneos internacionales en Japón o en Corea, escondían como causa real las ganas que tenía de quedarme en esos países, por un tiempo, estudiando, más allá de los torneos mismos. Algo cambió en el camino.

El 6 de septiembre llegué con mi valija, mi enorme y pesada valija, a la estación de Asagaya, en Tokio. Me fue a buscar, corriendo (sic) uno de los sensei del dojo, Kim. Kim tiene 24 años, como yo, es 7 dan amateur y se dedica a enseñar go y artes marciales japonesas (karate y aikido).

Cuando llegamos al dojo la primera vez, me dijo que dejara la valija en la entrada, y literalmente en la primera habitación en la que entré, me dijo que jugara un partido con otro muchacho, calculo que también de nuestra edad o un poco más joven. Nos sentamos en el piso de tatami y jugamos en un goban tradicional, por primera vez en mi vida.

Un rato más tarde llegó Hon, el sensei director del dojo, y finalmente me mostró el lugar. Hon es coreano, tiene 35 años, y es primer dan profesional por la Kansai Ki in. Fue insei en Corea desde los 4 años (según sus palabras, gracias al lavado cerebral de su padre, 7 kyu), pero no llegó a ser profesional allá. En Japón como amateur, sin embargo, construyó uno de los mejores dojos del país, en donde estudian amateurs, insei y profesionales. Entre sus logros principales están Ichiriki Ryo (3p) y Fujisawa Rina (1p), que tiene el récord de ser la persona más joven en la historia del go en Japón en convertirse en profesional (a los 11 años y 6 meses). Hon, además, es una excelente persona, y en extremo simpático.

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El primer cuarto del dojo, que hacía las veces de living y de sala de estudio.

La rutina del dojo consiste, básicamente, en el siguiente horario. 9.30 a 12.00: estudio (benkyo); 12.00 a 13.00: comida (gohan); 13.00 a 17.30: benkyo; 17.30 a 18.20: gohan; 18.20 a 21.00: benkyo. Esto es todos los días de la semana, menos el jueves, donde hay descanso (yasumi) general.

Cuando está el grupo de estudio, el benkyo se realiza en conjunto. Esto es, por lo general, desde las 16.00 los días de semana, y desde las 9.30hs los sábados y domingos. Dado mi nivel (bajo, al menos dado el contexto), mi grupo de estudio oficial era el más bajo (tengo entendido que eran 3 grupos), y mis compañeros tenían por lo general entre 7 y 13 años. La mayoría de ellos, además, era más fuerte que yo.

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El cuarto de estudio correspondiente a mi grupo.

Después de las 21.00, los estudiantes que se quedaban a dormir ahí (eso iba variando conforme los días), por lo general seguían revisando partidas o estudiando hasta alrededor de las 12 de la noche, cuando se iban a dormir.

Dormir, también, se hacía a la manera japonesa. Como todos los cuartos tenían la doble función de ser cuartos de estudio además de sus funciones hogareñas (el de la foto de acá arriba, por ejemplo, era también cocina), la habitación para dormir era el cuarto de estudio del grupo superior. Esto significa, básicamente, dormir en futones, que se arman antes de acostarse, y se desarman a la mañana (antes de las 9.00).

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La habitación donde dormía, a la vez cuarto de estudio del grupo superior.

La realidad es que seguir el ritmo del dojo al pie de la letra era absolutamente imposible, y desde un principio lo tuve claro. ¿Por qué era imposible?, me pregunto con sinceridad. Por un lado, porque en el momento de estar en el dojo, estaba en Tokio también, y no había manera de que no me permitiera salir a ver, al menos de vez en cuando, qué había ahí afuera. Mis intereses, creo que a diferencia de otros estudiantes del dojo, superan al go. Por otro lado, por la falta de hábito de mantener la concentración durante doce horas por día (es un hábito que, creo, no se adquiere en poco tiempo). Por último, por estar tanto tiempo sin poder hablar. En el dojo no había nadie que hablara inglés o español (salvo palabras sueltas del primero). Mi japonés es, como mínimo, muy primitivo, por lo que el resultado de un día completo en el dojo era el de un aislamiento algo severo, y necesitaba aliviarlo con, al menos, varias caminatas diarias.

Me encontré a los pocos días saliendo, o escapando, más de lo que había planeado. Era, en parte, por las razones enunciadas más arriba. Pero había algo más, y esto probablemente fue enteramente mi culpa. Antes, en Argentina, pensaba que en Asia, seguramente, se estudiaba diferente. “El dojo me va a servir para ver cómo estudiar”, “estar tanto tiempo en el dojo me va a cambiar radicalmente la manera de ver el juego”, “ahí voy a experimentar el go de verdad”. Pues bien, sorpresa: resultó que el juego era el mismo. Y el estudio, también. No había ningún secreto guardado en Asia. Ellos hacen problemas (tsumego y tesuji), revisan y memorizan partidas profesionales, y juegan y revisan sus propias partidas. Hacen todo eso en grupo, y lo hacen doce horas por día.

¿Perdió la magia el go? En absoluto. Lo que perdió la magia de manera completa fue el mito que yo construí sobre la escuela japonesa de go. No hay realmente diferencias cualitativas con lo que siempre hice. La diferencia es cuantitativa, y eso es lo que marca, al final, el gran cambio: el go, acá, es profesional. Eso significa dos cosas: 1. se puede estudiar doce horas por día; 2. cuando es profesional, no es un placer.

Y el último punto, sumado a mi epifanía y a la muerte del mito que yo solo había armado, fue lo que me terminó de convencer de lo único que podía hacer. Unas dos semanas después de llegar al dojo, con mi grande y pesada valija, me iba de nuevo, a ver qué había allá afuera.

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