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En busca del sentido perdido

En busca del sentido perdido

Sobre la derrota de Lee Sedol contra el sistema de inteligencia artificial de Google, AlphaGo.

Cuando el 27 de enero pasado Google anunció que su software de inteligencia artificial DeepMind AlphaGo le había ganado 5-0 al campeón europeo de go Fan Hui, confieso que no me pareció en absoluto relevante. Lo sentía como una curiosidad, una atracción de feria, y no podía entender la revolución que sucedía en el mundo del go a mi alrededor.

Creo que había tres factores que contribuían a mi sensación: por un lado, que Fan Hui, radicado en Francia hace dieciséis años, estaba muy lejos del nivel más alto de juego, dominado por profesionales asiáticos. Es decir que ganarle a Fan Hui era un logro para una computadora, pero casi cualquier humano profesional lo podría haber hecho. En segundo lugar, que todos sabíamos que tarde o temprano la inteligencia artificial iba a llegar a un nivel humano de juego, y con esa certeza, la cuestión de cuándo era irrelevante. Por último, que el abismo entre nosotros, los amateurs occidentales, y los profesionales asiáticos era tan insondable que una máquina que los supere a ellos solo aumentaba una distancia que ya era prácticamente infinita.

De estos tres argumentos, todos perfectamente racionales, solo uno contemplaba al nivel del jugador humano enfrentado a AlphaGo, por lo que el cambio de rival por Lee Sedol, el jugador más importante de los últimos quince años, debió haber tenido un efecto meramente cuantitativo. Es decir: ahora ganar sí sería un logro real, pero los demás puntos no perderían validez, y por lo tanto, no deberían afectarme. Pero claro, después de todo soy humano, y mi humanidad hizo que estos eventos me afectaran de una forma que no me explico: emocionalmente.

La noche de la primera partida llegué a mi casa después de ver a un amigo, miré unos muy breves momentos del comentario que hacía Michael Redmond en vivo (el único occidental que llegó a la categoría de 9 dan profesional, la más alta), y me fui a dormir. Estaba más o menos seguro de que Lee Sedol iba a ganar, y de que el resultado no me importaba. Aún cuando me desperté al día siguiente, y en mi casilla de mail había un mensaje de la lista de socios de la Asociación Argentina de Go cuyo tema era “Y finalmente sucedió” (título con unívoco significado), pensé que algo raro debió haber pasado para que Lee Sedol perdiera.

Enseguida llovieron comentarios apocalípticos en mis redes sociales, y otros más calmos que decían que la partida había sido pareja, y que Lee Sedol había subestimado a la máquina y por eso no había jugado en su mejor nivel. Y hasta entonces, todo estaba bien para mí.

Fue esa noche cuando pasó lo que no esperaba. A la una de la mañana entré al canal de Youtube de DeepMind y esperé unos minutos hasta que empezó la transmisión en vivo de la segunda partida. Luego de un brevísimo comentario de la partida de la noche anterior por parte de Redmond, vi a Lee Sedol entrar al salón de juego. Con su corte de pelo estilo taza, completamente infantil, su traje oscuro y su cara en trance de concentración, sentí absoluta empatía. Era ante todo un jugador en un partido muy importante, como uno mismo tantas veces, con todos sus miedos, presiones e inseguridades encima, de las que se tenía que despojar, una por una, antes de jugar. Era un profesional en despojarse de sentimientos, está claro, pero en este momento su trabajo no encontraba a un igual del otro lado; no había un colega haciendo exactamente lo mismo que él.

Frente a él, en cambio, estaba Aja Huang, representante de AlphaGo, con una expresión de seriedad fatal, retraído en su asiento mirando el tablero fijamente, detrás de unas enormes gafas. A su izquierda, un enorme monitor representaba el tablero de madera entre ambos, y AlphaGo le decía a Aja Huang, mediante ese monitor, dónde jugar.

En los partidos de fútbol, en casi todos los casos, suelo ponerme del lado del equipo perdedor. Los veo jugando, esforzándose, poniendo su energía en una tarea extremadamente frustrante, y no puedo evitar sentir empatía, incluso cuando se trata del rival de mi equipo. Cuando vi a Lee Sedol sentarse frente a AlphaGo y su médium, tuve esa misma sensación, con la suma de que su oponente del otro lado nunca iba a sentir la victoria. Para AlphaGo no hay victoria ni derrota, no hay importancia en el partido ni esfuerzo ni frustración, no hay emociones de las cuales despojarse.

Y AlphaGo le vuelve a ganar a Lee Sedol, con una frialdad que da la sensación de que en todo momento tuvo todo bajo control, de que paseó por el tablero al mejor jugador del mundo, liberándose incluso de los patrones con los que trabaja y, para la sorpresa del mundo, creando jugadas nuevas.

Al terminar, en lugar de seguir la costumbre de que los dos jugadores revisan la partida para encontrar los puntos clave y alternativas de juego, Aja Huang, inválido para este tipo de análisis por su bajo nivel de juego, se retira y deja a Lee Sedol revisando, solo, una partida que, en última instancia, también jugó solo.

Frente a esto, lo que en un principio me parecía irrelevante, ahora me transmitió de golpe una profunda e inesperada sensación de vacío. ¿Cuál es el sentido de resolver un problema que ya está resuelto? Aún sabiendo que nunca, como amateurs, participamos del perfeccionamiento del juego, al menos teníamos la sensación de que participábamos de una actividad humana.

No está claro si existe una distinción tal como actividades “humanas” y “no-humanas”, pero el vaciamiento de sentido de dedicar tiempo y dedicación a una actividad que, en algún sentido, ya fue superada, me hizo cuestionarme varias cosas. En palabras de Gabriel Benmergui, dos veces campeón argentino de go, dedicarse a este juego ahora es análogo a dedicarse a ser una calculadora humana. Pero yo me pregunto: ¿no fue, en alguna medida, siempre así? Y tal vez solo ahora que nos sentimos inferiores, casi tontos ante una inteligencia superior, nos animamos a admitirlo.

Si la cualidad más humana presente en el go, la intuición, resultó no ser únicamente humana, eso obliga a redefinir cuáles son las cualidades que definen al ser humano. Y la comprensión de que el perfeccionamiento del juego de go por parte de humanos ha llegado a su fin obliga a redefinir las razones por las que jugamos, y su sentido.

Como un aliciente, se puede pensar en este triunfo de la máquina como una liberación. Los humanos son libres del objetivo de perfeccionar el go como motivación de su juego: el humano no jugará más por el go, jugará por su go. Si jugar por esto es un sinsentido o no, correrá por cuenta de cada uno.

El último interrogante es, si los humanos dejamos de hacer las actividades que las máquinas hacen mejor, cuáles son las actividades que, en el futuro, van a quedar para nosotros. La sensación de la comunidad del go, un poco pesimista, es que si las máquinas pueden jugar al go, pueden hacer cualquier cosa. En mi caso, prefiero mantener la esperanza de que hay algo único en ser humano, que no se puede imitar. Pero, a la vez, queda la decepción de que ese algo único, no está presente en el go.