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2º World Students Pair Go Championship

2º World Students Pair Go Championship

No me gusta el pair go.

Al principio de mi “carrera” en el go, pensaba que el pair go era la forma perfecta de introducir a mi novia, Julieta, al juego, y de poder viajar con ella a jugar torneos juntos. Además, como en Latinoamérica la competencia es naturalmente menor en esta modalidad de juego, dado que la cantidad de mujeres jugadoras es muy baja, el primer punto podría llevar fácilmente al segundo.

Con la excusa de poder llevarla de viaje a algún torneo pude enseñarle a jugar a fines de 2013 (recién llegado de mi primer viaje a Japón) y un poco durante 2014, pero la verdad es que el juego en sí nunca le interesó demasiado.

No obstante esto, cuando en agosto de 2015 se abrió una convocatoria para una plaza latinoamericana en el 2º World Students Pair Go Championship en Tokio, Japón, su interés por el go se renovó instantáneamente. Hubo solo dos parejas inscritas para el clasificatorio, por lo que una partida definiría todo. Durante una semana le di clases todos los días a Julieta por Skype (ella estaba en una residencia artística en Quito), y al final de esa semana jugamos con nuestros oponentes, que estaban en una situación muy parecida, en cuanto a historia y a nivel, a la nuestra. Ganamos el partido y nos preparamos para el viaje.

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Las callecitas de Asakusa tienen ese qué sé yo, viste…

El torneo fue la oportunidad perfecta para reencontrarme con Japón, que me había fascinado dos años atrás. Todo estaba igual, hermoso y agradable. Recorrimos Tokio durante casi una semana, y luego nos internamos por tres días enteros en el hotel Edmont, la tradicional sede del mundial de pair go.

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Allí nosotros, entre las potencias.
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Y el clásico té verde, ideal para jugar.

Demás está decir que perdimos las cuatro partidas que jugamos. Las mujeres de las demás regiones (Japón, Corea, Taiwán, Sudeste Asiático, Europa y Norteamérica) eran auténticas jugadoras de go, con niveles cercanos a 1d o más. Julieta, en cambio, tenía muy poca experiencia de juego. Además, los dos teníamos muy poca experiencia jugando juntos.

De todos modos, fue muy interesante jugar las partidas, más allá del resultado, e intentar jugar cada jugada maximizando su efecto en sí misma, y no su continuación. A Julieta, que es antropóloga, le encantó atravesar el torneo como experiencia de campo, metida desde afuera en un mundo completamente ajeno.

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Parejas del torneo oficial, que se desarrollaba en paralelo a la edición de estudiantes.
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En el torneo me reencontré con Kikou Emura (der.), a quien había conocido en 2013 en Sendai.
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Michael Redmond 9p dio un muy buen comentario de la final del torneo, entre una pareja coreana y una japonesa.

Ahora bien, toda la historia me sirvió para interiorizarme un poco sobre el pair go en general, y descubrir que es un juego completamente diferente al go. Y descubrí, entre otras cosas, que uno de los aspectos que más me gusta de este juego es que todo, los aciertos y los fracasos, son mi responsabilidad. El juego en equipo, aunque tenga muy buenos valores, no es algo que sienta propio del go.

Ōkubo Goban Ten

Ōkubo Goban Ten

Desde que empecé a jugar al go quise tener buen equipamiento de juego. Me obsesionaba sobre todo tener gokes de madera y piedras reales, porque lo que tenía disponible en Argentina eran solo piedras de plástico, en pequeños recipientes del mismo material, para nada atractivos ni al tacto ni a la vista.

Antes de viajar a Japón averigüé bien en dónde podría comprar equipamiento, y di con Ōkubo Goban Ten, una tienda especializada en equipamiento de go y shogi cerca de Shinjuku.

Fui un día de semana a la tarde, y me costó encontrarla. La ubicación en el mapa que daba Google al poner su dirección estaba desviada por varias cuadras, y finalmente solo pude encontrar el lugar con ayuda de los vecinos y comerciantes, que como siempre en Japón, al verme perdido ofrecían su asistencia.

En cuanto llegué, fue fácil reconocerlo desde la entrada.

El lugar resultó ser hermoso, repleto de material de todos los niveles de calidad: gobanes, tableros de mesa de diferentes maderas, piedras de diferentes espesores, sets de viaje, etc.

Tableros de mesa y de piso.
Piedras de slate and shell de diferentes espesores y precios acordes.
Sección de shogi.

El hombre que atendía era muy simpático y, si bien hablaba muy poco inglés, nos entendimos bien. Le expliqué que quería un set completo y la cantidad de plata de que disponía, y me mostró varias opciones. Me decidí por un tablero de piso de shin-kaya, y unos buenos gokes de madera y piedras de buena calidad (aunque no las más gruesas). Estimo que las piedras y los gokes pueden durar toda una vida.

A la izquierda, el set adquirido.

Me enviaron todo ese mismo día al hotel en el que me estaba quedando, y enseguida me enfrenté al problema de tener que dejar cosas en Japón (básicamente, alguna ropa vieja) para hacer lugar en la valija. Un problema muy agradable.

NOTA desde el futuro: el tablero de piso no funcionó para mi occidental vida. Si bien es muy lindo, no es compatible con el resto del mobiliario y con nuestras costumbres físicas, y se hace incómodo. En 2015, de nuevo en la misma tienda, compré un tablero de mesa de hon-kaya.

Hon dojo

Hon dojo

Vine a Japón con un objetivo, además del de participar en el 34vo WAGC: estudiar durante un mes en un dojo de go, un sueño que idealicé desde que empecé a estudiar el juego. De hecho, todas mis expectativas en clasificar para uno de los torneos internacionales en Japón o en Corea, escondían como causa real las ganas que tenía de quedarme en esos países, por un tiempo, estudiando, más allá de los torneos mismos. Algo cambió en el camino.

El 6 de septiembre llegué con mi valija, mi enorme y pesada valija, a la estación de Asagaya, en Tokio. Me fue a buscar, corriendo (sic) uno de los sensei del dojo, Kim. Kim tiene 24 años, como yo, es 7 dan amateur y se dedica a enseñar go y artes marciales japonesas (karate y aikido).

Cuando llegamos al dojo la primera vez, me dijo que dejara la valija en la entrada, y literalmente en la primera habitación en la que entré, me dijo que jugara un partido con otro muchacho, calculo que también de nuestra edad o un poco más joven. Nos sentamos en el piso de tatami y jugamos en un goban tradicional, por primera vez en mi vida.

Un rato más tarde llegó Hon, el sensei director del dojo, y finalmente me mostró el lugar. Hon es coreano, tiene 35 años, y es primer dan profesional por la Kansai Ki in. Fue insei en Corea desde los 4 años (según sus palabras, gracias al lavado cerebral de su padre, 7 kyu), pero no llegó a ser profesional allá. En Japón como amateur, sin embargo, construyó uno de los mejores dojos del país, en donde estudian amateurs, insei y profesionales. Entre sus logros principales están Ichiriki Ryo (3p) y Fujisawa Rina (1p), que tiene el récord de ser la persona más joven en la historia del go en Japón en convertirse en profesional (a los 11 años y 6 meses). Hon, además, es una excelente persona, y en extremo simpático.

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El primer cuarto del dojo, que hacía las veces de living y de sala de estudio.

La rutina del dojo consiste, básicamente, en el siguiente horario. 9.30 a 12.00: estudio (benkyo); 12.00 a 13.00: comida (gohan); 13.00 a 17.30: benkyo; 17.30 a 18.20: gohan; 18.20 a 21.00: benkyo. Esto es todos los días de la semana, menos el jueves, donde hay descanso (yasumi) general.

Cuando está el grupo de estudio, el benkyo se realiza en conjunto. Esto es, por lo general, desde las 16.00 los días de semana, y desde las 9.30hs los sábados y domingos. Dado mi nivel (bajo, al menos dado el contexto), mi grupo de estudio oficial era el más bajo (tengo entendido que eran 3 grupos), y mis compañeros tenían por lo general entre 7 y 13 años. La mayoría de ellos, además, era más fuerte que yo.

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El cuarto de estudio correspondiente a mi grupo.

Después de las 21.00, los estudiantes que se quedaban a dormir ahí (eso iba variando conforme los días), por lo general seguían revisando partidas o estudiando hasta alrededor de las 12 de la noche, cuando se iban a dormir.

Dormir, también, se hacía a la manera japonesa. Como todos los cuartos tenían la doble función de ser cuartos de estudio además de sus funciones hogareñas (el de la foto de acá arriba, por ejemplo, era también cocina), la habitación para dormir era el cuarto de estudio del grupo superior. Esto significa, básicamente, dormir en futones, que se arman antes de acostarse, y se desarman a la mañana (antes de las 9.00).

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La habitación donde dormía, a la vez cuarto de estudio del grupo superior.

La realidad es que seguir el ritmo del dojo al pie de la letra era absolutamente imposible, y desde un principio lo tuve claro. ¿Por qué era imposible?, me pregunto con sinceridad. Por un lado, porque en el momento de estar en el dojo, estaba en Tokio también, y no había manera de que no me permitiera salir a ver, al menos de vez en cuando, qué había ahí afuera. Mis intereses, creo que a diferencia de otros estudiantes del dojo, superan al go. Por otro lado, por la falta de hábito de mantener la concentración durante doce horas por día (es un hábito que, creo, no se adquiere en poco tiempo). Por último, por estar tanto tiempo sin poder hablar. En el dojo no había nadie que hablara inglés o español (salvo palabras sueltas del primero). Mi japonés es, como mínimo, muy primitivo, por lo que el resultado de un día completo en el dojo era el de un aislamiento algo severo, y necesitaba aliviarlo con, al menos, varias caminatas diarias.

Me encontré a los pocos días saliendo, o escapando, más de lo que había planeado. Era, en parte, por las razones enunciadas más arriba. Pero había algo más, y esto probablemente fue enteramente mi culpa. Antes, en Argentina, pensaba que en Asia, seguramente, se estudiaba diferente. “El dojo me va a servir para ver cómo estudiar”, “estar tanto tiempo en el dojo me va a cambiar radicalmente la manera de ver el juego”, “ahí voy a experimentar el go de verdad”. Pues bien, sorpresa: resultó que el juego era el mismo. Y el estudio, también. No había ningún secreto guardado en Asia. Ellos hacen problemas (tsumego y tesuji), revisan y memorizan partidas profesionales, y juegan y revisan sus propias partidas. Hacen todo eso en grupo, y lo hacen doce horas por día.

¿Perdió la magia el go? En absoluto. Lo que perdió la magia de manera completa fue el mito que yo construí sobre la escuela japonesa de go. No hay realmente diferencias cualitativas con lo que siempre hice. La diferencia es cuantitativa, y eso es lo que marca, al final, el gran cambio: el go, acá, es profesional. Eso significa dos cosas: 1. se puede estudiar doce horas por día; 2. cuando es profesional, no es un placer.

Y el último punto, sumado a mi epifanía y a la muerte del mito que yo solo había armado, fue lo que me terminó de convencer de lo único que podía hacer. Unas dos semanas después de llegar al dojo, con mi grande y pesada valija, me iba de nuevo, a ver qué había allá afuera.

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Club de go de Shibuya

Club de go de Shibuya

Una de mis actividades favoritas en Tokio es visitar distintos clubes de go. Por lo general hay al menos uno en cada barrio, y en muchos casos varios más. A veces se encuentran levantando la vista y prestando un poco de atención a los carteles que hay en las ventanas de los pisos superiores de los edificios, y a veces hay que buscarlos un poco más, preguntando en oficinas de turismo ante la sorpresa de los empleados frente a un occidental jugador de go, o googleando persistentemente.

El club de go de Shibuya lo busqué especialmente una tarde de aburrimiento. Se encontraba en un tercer piso por ascensor en una calle de edificios bajos. Había que tocar el timbre para entrar, algo que en un principio me intimidó, pero una vez adentro el lugar era bien público, abierto, y mucho más amplio que la mayoría de los espacios tokiotas.

La amplia mayoría del público, como siempre, eran hombres mayores de sesenta.

Un señor atendía el club, contrariamente a lo más común que es que lo hagan señoras. Me cobró el pase diario, un poco más caro que el de otros clubes, buscó rápidamente un oponente de mi nivel y me dio una pequeña botella de té verde frío, ideal para jugar.

Detrás del señor, la tabla de resultados del club.
Señores jugando y revisando partidas.
Reservados, controles de aires acondicionados, y caramelos ^^

Jugué un par de partidas en un clima agradable aunque no demasiado confianzudo. A diferencia de otros clubes en los que, como podía, la clientela me sacaba charla, aquí se limitaron a jugar sin socializar demasiado.

En general, un buen lugar, con buena cantidad de jugadores, variedad de nivel, y ambiente agradable.